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El
14 de mayo de 1796, un médico inglés que se llamaba Edward
Jenner inoculó —lo cual quiere decir que introdujo en el cuerpo
mediante una jeringa— por primera vez una vacuna
contra la viruela. El enfermo era un niño
de ocho años que se llamaba James Philips. El
médico tomó un poco de secreción de una granjera que tenía una herida,
y que se había infectado cuando ordeñaba una vaca que tenía la viruela.
Jenner
no lo tuvo fácil: muchos médicos pensaron que su idea no era buena; pero
al ver los resultados, se tuvieron que callar. Con
el tiempo, naturalmente, las vacunas han cambiado, se han evitado los
efectos secundarios y las dosis se han reducido, pero la idea en la que
se basan no ha cambiado.
Jenner
vacunó de forma gratuita a los pobres de su pueblo, Berkeley, y de los
alrededores. Muchas de las personas a las que vacunaba se habían mostrado
contrarias a la vacunación, pero el rector de la iglesia aconsejó a todo
el mundo que pasara por su casa, porque estaba harto de celebrar entierros
de personas que, si se hubieran vacunado, no habrían muerto de viruela. Ahora
esta vacuna se ve como un descubrimiento
más, pero hay que tener en cuenta que, en aquella época, en Francia podían
morir en un año 15.000 personas por culpa de la viruela. En Alemania había
más de 70.000 enfermos, y en Rusia la viruela mató en un solo año a 2
millones de personas. |