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Además de las complicaciones propias de cada tipo de herida, todas tienen un peligro común: la infección. La obertura de la piel facilita la penetración de microorganismos, y el propio objeto causante puede estar contaminado por gérmenes que se filtran bajo la piel en el mismo momento del golpe o traumatismo. Si la herida no está demasiado sucia y se cura adecuadamente, puede que no dé más problemas, pero si hay infección, se puede producir una inflamación de la zona, que aumenta de volumen, se pone muy roja y duele. La acumulación de células del sistema inmunitario y de microorganismos muertos da lugar a la formación de pus, una segregación lechosa y maloliente que supura de la herida. Si
no se produce infección, la herida cicatriza, crece el nuevo tejido y
se forman las fibras que unen los dos bordes. El tiempo de cicatrización
acostumbra a ser de una semana. Según el tipo de piel, puede quedar una
marca o una cicatriz.
Esta
bacteria se puede encontrar en muchos lugares, como la tierra, espinas
de plantas o agujas, hierros u objetos que pueden penetrar fácilmente
en la piel. Si
el bacilo del tétanos penetra en la piel, se puede reproducir en su interior
y elaborar una toxina que se extiende al resto del organismo, sobre todo
a los nervios, y que actúa sobre las contracciones musculares, de manera
que puede provocar la rigidez de diversas partes del cuerpo. Las
heridas que comportan más riesgo de tétanos son las profundas o sinuosas,
que facilitan que el bacilo se pueda expandir en buenas condiciones, es
decir, con falta de oxígeno. La
mejor manera de evitarlo es administrar de forma regular la vacuna
antitetánica, que hoy en día ya se
administra rutinariamente a todos los niños, dentro de los programas de
vacunación infantil. Los
adultos deberían vacunarse de nuevo cada 10 años. En
caso de no haberlo hecho, después de hacerse una herida se les debería
aplicar una dosis de la vacuna antitetánica. | ||